Cuando la salud recobra su senda y tu cabeza se libera, queda automáticamente aprisionada en eso que llevas acarreando internamente desde hace unos cuantos años. Anoche la niebla y la desaparición del Tibidabo dieron paso al silencio más abrupto y al negro más claro que jamás he visto.
Una casa para dos donde solo había uno, un uno que se ha tirado mucho tiempo con pánico a desdoblarse y que ahora, triste de él, no sabe como hacerlo. Nunca me fumé el último cigarro, siempre el penúltimo, y las horas pasaban mientras que el tímido amanecer aparecía por mi ventana. Una noche vertical en toda regla donde, como siempre, nadie ve porque nadie me comparte.
A las 4:03 una pareja pasaba por la Baixada de la Gloria prometiéndose cosas que no saben si pueden cumplir. En fin, ese escepticismo me lo ha dado la experiencia, pero vi lo bonito que es la intención, tan carente y vital que me raja las ilusiones más profundas y me chafa la esperanza por mucho que quiera mantenerla verde.
Cómo me arrepiento de mis miedos, ahora no sé gestionar el atrevimiento. No es fácil presentar unas credenciales personales limpias cuando has navegado mucho tiempo en ruinas y suciedad. Y me atolondra, y me entristece, y me impacienta, y me dice que jamás conseguiré nada bueno cuando de pronto me sitúo en los extremos.
Lo mejor de no esperar nada es que por defecto ya estás desilusionado, así que haces de la frustración un hábito. Lo mejor de no creer en nada es que nada pierdes.
Lo peor de no esperar nada es que siempre intentas girar la cabeza para otro lado y no luchar.
Lo peor de no luchar es que no eres humano.
Me siento muerto, una auténtica lástima.
Suena: Su día libre – Quique González