Mordisqueaba una hamburguesa que procedía de un coronel que tenía una receta secreta. A mi alrededor veía parejas discutiendo. Pensé que hace mucho tiempo que no discuto con nadie y pensé que era triste estar en un sitio público discutiendo.
Al subir al metro, vi un montón de chicas con cara de sueño, serias, y todas con sus cascos en la oreja, necesidad imperiosa de evadirse del mundo. “Nadie nunca me ha invitado a cenar a su casa, nunca un tú a tú con cena incluida”, eso pensaba, puesto que yo muchas veces lo he hecho. De pronto, una chica que estaba al lado mío, como tantas veces ocurre compartiendo un viaje en metro que nunca recordará, lloraba. Estaba cabizbaja, con la música demasiado alta, y con las lágrimas cayendo por su rostro. No puede evitarlo y le dije: “no lo sientas tanto, yo ya apenas lloro”.
Levantó su mirada, me vio, me sonrió con ojos tristes, y me dijo: “no soy capaz ni de disfrutar de mi canción preferida”. Yo le dije que estuve un año y medio sin poder escuchar “Segundo premio” y ella me dijo que justamente era la que estaba escuchando en esos momentos. Bajaba en Vallcarca, igual que yo, y a la hora de despedirnos me dijo: “acabemos la conversación con un café, no me gustaría comenzar otra vez a llorar”.
Estuvimos hablando de su llegada a Barcelona, puesto que provenía de Guadalajara. Le dije que yo había vivido un año a 77 kilómetros justos de allí. Me preguntó el porqué, le dije que probablemente no podría estar hablando con ella si no me hubiera ido allí. El café terminó, me dijo que a ver si nos veíamos, le dije que la casualidad y la receptividad nos habían hecho estar allí como dos personas conocidas pero que en realidad no lo eran. Le dije que era mejor así, porque siempre lo recordaré como algo especial.
Y un abrazo, tres sonrisas y un hasta luego nos despidieron para siempre.
Llegué a casa contento, la saludé con lágrimas y la despedí serena. Quizás no vuelva a saber de tí, pero creo que lo que a ti te hacía falta saber de mí ya lo sabes.
Suena: Saturday Night – Suede