Hace días que desearía escuchar un estribillo a dos, como cuando no me llenaban ni la mitad de lo que lo hacen ahora. Soñaría con volver a estar respaldado por algo que me diera la plenitud que me he negado a darme durante estos años. Soñaría con visionarte cómplice eternamente y saber que sientes igual que siento, como aquella canción de Gastelo que eclipsó una vez las dudas y que alejó momentaneamente mis perennes fantasmas.
La vida tiene dos sílabas y solo sé llegar a una de ellas, y me gustaría por un momento, aunque fuera un segundo, volver a sentir lo que es la reciprocidad. Es tan difícil, primero por mí y luego por la segunda sílaba: da. Hasta ahora me ha supuesto un problema, pero me muero por volver a dar.
Siempre fue así, siempre me encantó sentir, y había matado todo el vivir y resucitado todo el morir, y ya no entro en tu puerta, y ya no sonrío en los parques, y aún no he visto las hojas caídas de este otoño.
Qué puta es la vida a veces…
CONGELADO e impotente.
Aprisionado en mí, solamente en mí, y nada más que en mí. Me voy a fumar un momento el cigarro de las 1:47, mañana lo pagaré.
Anestesiado de emociones encontradas, prohibitivo en el sendero del querer.
Y en lo de querer, es en lo único donde siempre me he visto fuerte.
Olvidar? no hay elección, tendré que volver a la vida banal, en esa soy también todo un experto.
Me toca de una vez quererme por mí y no por mis espontáneos y discontínuos logros.
Ahora sí, lo tengo claro.
Suena: Lo que dura un fin de semana – Pablo Moro