Agosto del 96, era aquél dÃa el que yo estaba en la playa, probablemente lejos de la que iba siempre, y sintiendo un dolor que no comprendÃa. No podÃa dejar de pensar en ella y no entendÃa porqué estaba tan mal, jamás me habÃa pasado antes; sólo sé que lo último que oà de su boca fue un “no”. Cerrando los ojos y cogiendo un puñado de arena me levanté y empecé a caminar por la orilla, sólo, alejándome de los mÃos y sintiendo que este malestar tenÃa que acabar. De repente, al oir como se rompen las olas, decidà mirar al frente y, con una energÃa tremenda lancé ese puñado de arena que me estaba acompañando al agua. Tardó en caer, probablemente lo và en cámara lenta, probablemente me estaba deshaciendo de algo, probablemente ese impulso me hizo comprender que no podÃa preocuparme de quien no estaba, de quien no sentÃa. Escuché como la arena caÃa contra el mar, ella se habÃa también esfumado, pero porque yo la lancé…
Ayer volvà a acordarme de ese momento, cuando un foco azul me iluminó mientras sonaban los acordes de una canción que hablaba de un mes parecido a ese agosto. Muchas personas de alrededor de repente quedaron en silencio, me vi yo solo siguiendo los haces luminosos que desprendÃa el escenario, me và solo escuchando al hombre del traje gris, con voz rota y bombÃn inseparable. Era mi mar en aquel momento, y mis ganas de gritar solo era comparable a lo que sentà cuando lancé la arena. Y todo volvió otra vez, y la arena fina se derramó entre las estrofas de la nostalgÃa. Mis lágrimas cayeron de repente y me sentà de nuevo en harmonÃa conmigo mismo. Jamás pensé en aquella playa durante todo este tiempo, no lo recordaba. Pero el estar allÃ, en sintonÃa total con los versos, con los acordes y con la entrega de aquel hombre, de aquél genio, me hizo comprender que no habÃa que llorarle a alguien que se transformó en nadie, y que habÃa que sonreir especialmente a quién habÃa hecho ese momento posible.
Y a ti, chica de sonrisa contagiosa, vitalidad exuberante, mirada cómplice y simpatÃa desbordante, es a tà a quién tengo que agradecer el hecho de que ese instante se transformara en toda una vida, la mÃa, que se llenó en unos versos de plata, de oro y de harmonÃa. Y como querÃa que supieras como fue aquél momento y el porqué de tanta magia, te lo muestro aquà con la palabra, porque ahora en la profunda soledad de la noche puedo expresarlo. A ti, chica de las dudas, te debo todo aquello y a ti te quiero dedicar estas frases. Mañana quizás nos hacemos otra foto, baila sentada y de pie, siempre recordarás porqué lo hacÃas en la grada…
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Dedicado a la chica de las dudas, muchas gracias por este detallazo.